Avancé sigiloso por el pasillo hasta el quicio de la puerta y estiré bien la cabeza para otear en el interior. Mi cuerpo se tensó como si le hubieran metido una estaca de un extremo al otro, los ojos se lanzaron hacia el círculo de luz que proyectaba la tulipa y permanecieron fijos en él, sin poder apartar la mirada. Allí estaba, tumbado sobre la mesa, flácido y desmadejado.
Por un momento no supe cómo reaccionar, paralizado por lo que acababa de descubrir; temí que me encontraran allí plantado e imaginé con espanto mi propio cuerpo así, tumbado de aquel modo. Su cabeza caía hacia uno de los bordes de la mesa, el cuello laso, abandonado su peso a la gravedad. El resto de su cuerpo yacía sobre un charco de sangre; un reguero rojo fluía a través del tablero hasta el borde, desde donde un hilo se suspendía en el vacío hasta caer en el suelo y salpicar el rodapié blanco de la pared. (más…)