Suena el teléfono, nadie lo coge, la planta está vacía, todos marcharon al acabar la jornada. Solo ella, sola frente al ordenador, oye el timbre agudo e impertinente de la llamada que resuena en el despacho de al lado. Los textos bailan en la pantalla, se resisten.
––¡Ahh! Imposible concentrarse con este soniquete de fondo ––murmura. ––Las pruebas tienen que quedar revisadas esta noche, el tiempo corre, mañana a primera hora la revista debe entrar en máquinas, el tiempo se agota, mi paciencia también ––piensa.
Detenida frente al portátil mira los artículos pendientes de valorar que se apilan en un extremo de la mesa; las ofertas de publicidad aún por estudiar que requieren respuesta; el dietario abierto sobre el atril salpicado de notas rojas, citas y asuntos que no admiten demora.
––¡Esto no puede seguir así! ¡No aguanto más! ––masculla entre dientes con la mano presionando la boca, en un intento de frenar una inesperada arcada de rabia. ––Esta situación hace aguas, necesitas salir a flote, recuperar tu vida, recuperarte a ti, dormir y follar, y dejarte de más historias ––se dice a sí misma. ––¡Pero mírate, mujer!, ¿cuándo fue la última vez que te reíste a gusto? Deja de apretar los dientes, grita, desahógate.
Cesa la llamada en el despacho contiguo. Un respiro. Se mesa la cabellera rizada, la echa para atrás con ambas manos. Abre el primer cajón de la mesa, saca un coletero y se recoge el pelo. Entrelaza los dedos, se lleva las manos a la nuca y presiona la cabeza. Con los ojos cerrados, respira hondo. Sacude después las manos, menea la cabeza varias veces a los lados y se dispone a reanudar la tarea. Fija la mirada en la pantalla, retoma el hilo del párrafo que quiere corregir, las manos vuelven al teclado, las yemas lo acarician al tomar posiciones. El teléfono vuelve a sonar.
––¡Mierda, mierda, mierda! ¡No puede ser, maldita sea! ––grita.
Los dedos se hunden en las teclas DvDKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKdvkkkkkkkkkkkn.
Deja caer la espalda hacia atrás, se abate el respaldo, la mirada se nubla, perdida en los cinco focos del techo; la presión aumenta, la sien izquierda palpita a cada timbrazo, la garganta se cierra, traga saliva, se contiene aferrando los brazos del sillón, los brazos en jarras, tensos.
––¡Se acabó, no aguanto más! –explota. Las lágrimas brotan atropelladamente, sin control, mojan la cara, resbala desde el ojo a la comisura de los labios.
Se levanta, sale al pasillo, cruza la puerta de al lado, va hacia la mesa, agarra el cable del teléfono y tira de él. La tapa del cajetín de la toma salta en pequeños pedazos al incrustar en él la punta del tacón de aguja. El aparato, por fin, calla. Lo coge con las dos manos, se gira, abre la ventana y lo lanza con rabia a la calle.
Abajo una niña de pelo oscuro y rizado la mira con ojos vivos, los brazos en alto, gesticula hacia la ventana de la quinta planta. La mujer se queda inmóvil, apoya sus dos manos en el alfeizar, se empina y deja asomar todo el tronco, pendiente de la niña. Las manecillas del reloj se paran, unos segundos de silencio, el tiempo se detiene. Queda suspendido el auricular en el aire, sobre los coches inmóviles, en medio de la calle.
La niña baja los brazos, retira su mirada, vuelve a la acera. La mujer la pierde de vista, siente una extraña sensación de añoranza por ella. Una ráfaga de aire frío recorre la calle. Todo echa a andar de nuevo, reculan los autos en la calle, la gente camina hacia atrás. El cable del teléfono, suspendido en el aire, se alza sinuoso hacia arriba y arrastra el aparato hacia la ventana abierta. Ella lo toma en sus manos, se deja caer hacia adentro, da un giro a la izquierda, se aparta de la ventana y libera el auricular sobre la mesa. El cable de la línea telefónica se revuelve como un bastardo, azota el archivador apoyado en la pared y la clavija que remata uno de sus extremos se incrusta en el cajetín de plástico recién recompuesto.
De espaldas, ella cruza bajo el marco de la puerta hasta el pasillo. El tacón afilado guía la marcha hacia el dintel de entrada a su despacho, que sobrepasa antes que la punta de su zapato negro de charol. A borbotones las lágrimas fluyen de las comisuras de sus labios, suben por su cara, una a una ascienden hasta los ojos, se pierden por el lacrimal. Las mejillas se secan, los dientes se relajan. La garganta se abre, la sangre vuelve a fluir sin sobresalto por la sien, la mirada se aclara. El sillón se acerca, abatido el respaldo acoge su espalda. Ella toma la cabeza entre las manos, se cubre con ellas la cara, apoya los codos en la mesa e inspira lenta y profundamente.
De repente se detiene sorprendida, pasa sus dedos por la frente, las yemas contornean sus ojos como si fueran otros, pellizca los pómulos, tienta la barbilla y se acaricia insistentemente el cuello. Baja la mirada hacia el ordenador y ahoga un grito al ver su imagen en la pantalla, ondulante, como reflejada en el agua. Su rostro muda, los surcos de la frente y el ceño se sumen en la piel. Se difuminan las estrías de sus ojos, llegan a ser imperceptibles las bolsas de los párpados, se vacían, desaparecen los pliegues hundidos en sus pómulos. Una suerte de renovación epidérmica espontánea renueva su expresión acartonada, insufla vida a su mirada a medida que las arrugas se desvanecen.
Embebida observa cómo sus pechos se retraen, pierden volumen, se los palpa incrédula, apenas son la sombra de lo que eran, se achican, prácticamente desparecen bajo la seda de la blusa. Las pulseras bailan en sus reducidas muñecas, los zapatos de charol caen de sus pies, las piernas cuelgan en el aire. Salta del sillón y corre descalza pasillo adelante hasta el baño; se empina en el lavabo y vuelve a ver a aquella niña de ojos vivos que la miran, con su pelo oscuro y rizado. En su cara se abre paso una sonrisa, los ojos se le inundan de ternura.
––¡Conseguí llegar a tiempo para rescatarte! ––musita absorta frente a la niña, acerca a ella sus dedos, roza la cara y su rostro se desvanece entre ondas. La quietud del espejo le devuelve su imagen, se reabren pliegues y arrugas en su rostro, la tersura desaparece, vuelven los surcos y las estrías reaparecen. Queda la luminosidad y el brillo en su mirada.
El sonido de un teléfono suena entrecortado, viene y se aleja. Ella, descalza, vuelve a su despacho, coge el bolso, el abrigo y se marcha.
Luis Cema
© LMCM Mayo 2008
Bravo, Luismi! Lo conseguiste! Me encanta, especialmente a partir del momento en el que se decide a hacer enmudecer el telefóno. La niña es una gran idea, es una metáfora estupenda, y sorprendente. Como siempre, despliegas una enorme maestría en la descripción de los detalles, eres minucioso y esta vez, comedido: describes lo justo. El final me parece muy acertado. Por un momento temí que la frase de la niña en el espejo cerrara la historia, pero en mi opinión, la salvaste de un final azucarado dándole ese nuevo giro, haciendo que todo el peso del tiempo vuelva a caer sobre ella. Y así caer en la cuenta de que aún tiene vida por delante. No podía terminar de manera más acertada. Esa última frase lo resume todo. Por cierto, ¿se va descalza? También me gusta muchísimo la imagen del cable del teléfono suspendido en el aire, como todo se detiene y vuelve hacia atrás, que bien lo describes, qué envidia!
Sólo una pequeña crítica: revisa los primeros monólogos. Creo que la acción sucede demasiado rápido para que al lector le resulte creíble tanta desesperación. Comienzas muy arriba. Tal vez deberías modular el tono, o tal vez ser menos efusivo en la manera de expresarlo: no explicarlo, mostrarlo. Cuando dice: “las pruebas tienen que quedar revisadas esta noche, el tiempo corre, mañana a primera hora la revista debe entrar en máquinas”, etc. parece más la justificación que da el autor para ponernos en situación que lo que esa persona diría en realidad, porque supongo que es algo que sucede siempre igual, y por tanto, debe tenerlo muy asumido, por mucho que esté hasta la coronilla. Igual esos datos debería darlos el narrador, y dejarla a ella que maldiga y se deje los dedos en el teclado, intentando concentrarse inútilmente, sin tener que justificarse. No sé, piénsalo. El resto del relato, impecable en mi opinión.
Comment por Carlos — Mayo 27, 2008 @ 6:52 pm
Es lo que tiene tanto estrés: provoca idas y venidas en el tiempo que solo la literatura puede explicar!
Me ha gustado un montón tu relato, sobre todo, por destacar algo, la narración del viaje hacia atrás, comenzando por ese brillantísimo cable tirando para arriba del teléfono.
Y rebuscando mucho, por encontrar alguna cosilla que me pareciera mejorable, yo quizá no hubiera descrito la marcha de la mujer hacia el teléfono para arrancarlo y hasta la ventana para tirarlo: lo habría resuelto con una frase escueta y breve (algo como “fue al despacho vecino, arrancó el teléfono y lo tiró por la ventana”), para que la narración hacia atrás fuera más sorprendente.
Pero vamos, que me ha encantado, aunque eso (que a lo mejor no he entendido bien) de que los niños desconozcan el estrés me parece una idea estupenda para debatir un rato cualquier noche de estas en el alcaraván.
Comment por manuel_h — Mayo 29, 2008 @ 2:43 pm
Jajaja! Te ha tirado el guante, Manuel, eh? Cuidado, cuidado, que últimamente está muy combativo…
Luismillo, me encanta tu relato. Envidio tu disciplina para ajustarte a las condiciones de los ejercicios, tu capacidad para aprender y, por supuesto, me rindo a los resultados. Y ahora, al grano:
Me parece buenísima la descripción de la primera regresión, no te falta un detalle y me gusta el ritmo que le da situarla después del parón.
La segunda regresión también me gusta, la de la infancia y el contraste que consigues con la primera haciendo consciente del retroceso a la protagonista a través del reflejo en la pantalla (otro recurso estupendo!).
Lo único que quizá me gusta menos es el papel “redentor” (?) de la niña, pero qué caray, hacía falta una excusa!!
Bravo!!
Y ahora lo voy a decir, no pensaba decirlo, pero que el mundo lo sepa: este señor es mi tío!!!
jajajaja
Comment por lahueca — Mayo 30, 2008 @ 11:02 am
A diferencia de Carlos, el ritmo sincopado de las frases me parece muy adecuado. Refleja el paso del tiempo de forma cortante, creando tensión, como creo requiere el relato. Es curioso, pero ante esa cadencia, uno no puede eludir la sempiterna imagen del primer plano de un reloj, donde la aguja del segundero marca el paso del tiempo como si de una sentencia inapelable se tratara.
Fantástica esa metáfora: arriba, mujer asomándose hacia abajo / abajo, niña abriendo los brazos hacia arriba. Por cierto, y si me lo permites, no hubiera sido mejor titular ¿Regresión?
No lo puedo evitar, pero tu historia me lleva a la de tu compañera Lahueca; mientras ella habla una transformación vegetal, tú escribes sobre un cambio propiciado por una forma de jugar con el tiempo.
El tiempo…, ¡ese artefacto sublime de engranaje etéreo! Zulueta estará sonriendo, seguro.
Un saludo, SIRGADO.
Comment por Zulueta — Junio 4, 2008 @ 2:32 pm