La escupidera

Mayo 24, 2008

LA EDAD DEL PAVO

Archivado en: Relatos, archivo — lmcm @ 7:20 pm

Avancé sigiloso por el pasillo hasta el quicio de la puerta y estiré bien la cabeza para otear en el interior. Mi cuerpo se tensó como si le hubieran metido una estaca de un extremo al otro, los ojos se lanzaron hacia el círculo de luz que proyectaba la tulipa y permanecieron fijos en él, sin poder apartar la mirada. Allí estaba, tumbado sobre la mesa, flácido y desmadejado.

Por un momento no supe cómo reaccionar, paralizado por lo que acababa de descubrir; temí que me encontraran allí plantado e imaginé con espanto mi propio cuerpo así, tumbado de aquel modo. Su cabeza caía hacia uno de los bordes de la mesa, el cuello laso, abandonado su peso a la gravedad. El resto de su cuerpo yacía sobre un charco de sangre; un reguero rojo fluía a través del tablero hasta el borde, desde donde un hilo se suspendía en el vacío hasta caer en el suelo y salpicar el rodapié blanco de la pared.

Me acerqué y un intenso olor cegó mi olfato, sentí asco y tuve que hacer frente a unas repentinas ganas de vomitar, apestaba. Había tomado una buena dosis de alcohol antes de morir, o de que ellos lo mataran.

Di un paso más, me empiné en un lado de la mesa y noté que aún estaba caliente; no haría mucho tiempo entonces que todo había sucedido, y sin duda ellos no tardarían en volver para deshacerse del cadáver y borrar las huellas que pudieran delatarlos.

Lo sabía todo y ellos no me lo perdonarían, no podía permanecer allí por más tiempo, estaba en peligro. Me giré, avancé hacia la puerta, asomé la cabeza y miré a ver si venía alguien por el pasillo –-Nadie a la vista y silencio, es el momento de escapar –-me dije. Al punto inicié una carrera ciega escaleras abajo, quince peldaños adelante, parada en el rellano, –-Ojo no vaya a entrar nadie por la puerta del garaje–- mirada a la derecha –-nada, paso libre–-, tres escalones más y carrera al frente, giro rápido a la izquierda, y todo adelante a través del salón del piano hasta el porche de la casa, reconocimiento a derecha e izquierda, cinco escalones más y piso hierba húmeda. Me salta el corazón, tiemblo y respiro agitado, siento el sudor en la frente y la inoportuna vejiga que pide atención; detrás de un árbol me desahogo –-ufff, qué alivio-– y de repente unas manos me cogen por detrás e intentan alzarme –-Es el fin, ha llegado mi hora… –- cierro los ojos y no opongo resistencia, no valdría la pena me digo –-¿Para qué luchar? Si estoy sentenciado y voy a acabar como él…

Cuando llegó nada hacía presagiar este desenlace, lo hizo con todo el reconocimiento y la admiración de ellos; hasta yo me sentía celoso de los halagos que le hacían, de la atención que le prestaban y de cómo le apartaban la mejor ración. Desde que llegó, él se pavoneaba por el pasillo con el cuello erguido y la cabeza bien alta, con la displicente mirada del que se sabe favorito, del elegido, aunque de haber sabido para qué, sin dudarlo habría dejado de lado tanta chulería y habría salido volando de allí aunque no tuviera suficientes alas para ello.

Pero en las últimas semanas mi olfato me previno de que algo se cocía en el ambiente; a ellos se les notaba agitados, se movían de un lado a otro, no dejaban de hablar, de hacer listas y de descargar de sus coches bolsas con comidas y objetos para mí desconocidos. No cesaban los preparativos, algo se avecinaba, aunque nunca sospeché que se tratara de un asunto tan macabro.

¡Tanta parafernalia para envolver un crimen! Unos días antes todos se afanaban en colgar adornos dentro y fuera de la casa, tender luces innecesarias y en decorar con un gusto discutible el árbol que había delante de la puerta principal.

Yo no entendía nada de lo que pasaba, ni la fiebre que le había entrado a ellos ni la altanería del nuevo huésped que habían traído; de lo único que estaba seguro era de que el intruso era mi rival y no iba a dejarme comer terreno por un engreído de su edad. Estaba decidido a presentar batalla.

Pero ahora el juego había cambiado de mano, mi pretendido rival pasó a ser víctima y el hombre, la mujer y los dos niños, Marieta y Ricardo, que apenas hacía dos meses me habían acogido en casa con gran alborozo y repetidas muestras de cariño, aparecían ahora ante mis ojos como unos sádicos sanguinarios. ¿Qué se escondía detrás de esa imagen de familia convencional y pacífica? ¿Se trataba acaso de un ritual? ¿Serían los cuatro miembros de una maléfica secta?

Me hacía preguntas y más preguntas, tenía que mantener las apariencias y desenmascararles.

Aquellas manos que me asaltaron en el jardín mientras gozaba al vaciar mi vejiga junto a un árbol y que me alzaron del suelo, no acabaron finalmente conmigo como yo temía; eran los niños que querían darme un susto – lo que consiguieron, en efecto – y jugar un rato, a lo que me presté para no levantar sospechas y poder descubrir qué era lo que se traían entre manos.

En cuanto pude me deshice de los pequeños y volví a la casa, disimuladamente regresé al lugar donde estaba fuera de juego mi rival, seguro de que ellos volverían. Y en efecto lo hicieron, volvieron para deshacerse del cadáver, pero nunca podría haber imaginado el modo en que lo hicieron. Lo que sucedió entonces me dejó, si cabe, aún más perplejo, asustado y demudado que cuando vi por primera vez aquel cuerpo allí tendido.

El hombre y la mujer se acercaron al trinchero, abrieron un cajón y cogieron uno un cuchillo y la otra un hacha; afilaron sus filos con firme movimiento de muñeca, cruzaron una siniestra mirada y lentamente y con aplomo se fueron acercando a la mesa blandiendo las armas. No daba crédito a mis ojos cuando lo comenzaron a hacer pedazos y arrojaron sus trozos a un recipiente.

El rito que los dos estaban escenificando ante mí alcanzó su grado máximo al poner aquel sarcófago con asas sobre el fuego. Con el bullir del agua una niebla de vapor se apoderó de la habitación y se instaló en ella un intenso olor a carne cocida que me hizo vomitar allí mismo.

Paralizado y pálido sentí sobre mí el peso inquisitivo de cuatro ojos, vi que otros tantos brazos agitados me señalaban y percibí los gritos y amenazas que articulaban dos grandes bocas. Logré vencer el estupor y emprendí la huida para no terminar yo también picado a trozos e hirviendo en el agua. Salí frenéticamente de la casa, fuera terreno blando o duro el que pisaba no dejé de correr ni me volví a mirar hacia atrás. La gente protestaba por la precipitada carrera cargada de encontronazos; en varias ocasiones estuve a punto de ser arrollado por los coches, que pitaban y cuyos conductores vociferaban al verme cruzar la calzada, hasta que con la lengua fuera, exhausto ya, caí de bruces en una red tendida por la autoridad para someterme.

Y ese encuentro que en principio viví como infortunio me trajo la tranquilidad de la que hoy disfruto, aquí en esta perrera en la que ahora estoy confinado, donde me siento a salvo, y en la que todos los huéspedes encontramos consuelo al compartir las historias de nuestras experiencias con los seres racionales que un día tuvimos por dueños, a cuál más dura y desalentadora sobre la naturaleza humana. Y los días pasan lentamente con la esperanza de no tener la perra suerte de que alguno de ellos nos reclame y nos devuelva a su entrañable hogar.

Luis Cema © LMCM 2007

1 comentario »

  1. Sorprendente? Trepidante? Divertido? Original? Sortredior? Tetedoal? Prenpitiginal!! He estado buscando el adjetivo que mejor definiría tu relato y nah… me quedo con todos estos. Me gusta la voz del narrador testigo deficiente, que es perfecta, porque consigue intrigar al lector, que se pregunte pero bueno, qué es lo que pasa aquí y quién es el que narra?? Me gusta el ritmo, no sólo el que consigues describiendo la huida, que ole, sino el de todo el cuento y me encanta el final, redondísimo, en un escenario que humanamente nos parece tan triste para un perro… Qué sabremos nosotros! jejeje. Enhoragüena. Es fantástico!

    Comment por lahueca — Mayo 27, 2008 @ 9:19 am


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