La escupidera

Mayo 18, 2008

El ratón

Archivado en: archivo — manuel_h @ 5:17 pm

Lo miré de reojo, con prevención, pero ni se me ocurrió acercarme más a él. Parecía quieto, tranquilo; podría parecer incluso dormido, pero a mí no me engañaba: Sabía que al menor movimiento se revolvería sobre sí mismo y nos enzarzaríamos otra vez en la misma lucha que yo volvería a perder. Y sin embargo… tenía que hacerlo. Llevábamos ya varias horas frente a frente, y casi desde el principio fue evidente que uno de los dos, seguramente yo, no iba a salir bien parado del enfrentamiento.
Recordaba vagamente el momento en que llegué eufórico a casa, hacía sólo un rato, aunque parecía otra vida: había encontrado la frase perfecta, la oración genial que me abría de par en par las puertas de la novela que había de elevarme al olimpo de los dioses de la literatura. Me la había encontrado en el metro, por la mañana, camino de la oficina. Se me apareció como un letrero luminoso y ya no pude dejar de repetirla mientras bajaba del vagón atropellando a dos monjas y un guitarrista y subía y bajaba por la estación hasta el andén contrario. Por miedo a que se me olvidara, empecé a murmurarla en voz alta y terminé gritándola en medio del vacío que la gente fue haciendo a mi alrededor. Corrí por las calles y creo que volé hasta mi piso, avalanzándome sobre el ordenador. Nunca me había fijado bien en lo lentamente que se encienden esas máquinas. Aproveché esos momentos para salir al balcón, respirar, cerrar los ojos y gritarle al sol las palabras que, sin duda, se recordarían para siempre al lado del fusilamiento de Aureliano Buendía o del lugar sin nombre de La Mancha. Tras recibir los aplausos de unos señores que pasaban por la calle, volví más tranquilo al interior, cerré el balcón, me senté frente al monitor y me dispuse a trabajar.
Un idílico paisaje me miraba desde la pantalla mientras mi mano derecha se dirigió con su habitual pericia en busca del ratón para arrancar el programa, pero cuando fue a sujetarlo, se encontró sólo aire: Un extraño vacío se extendía al lado del teclado. Me incliné para mirar al fondo del soporte, aparté el teclado, limpié el polvo con la mano, me puse de rodillas para observar mejor, y nada. El ratón se había ido. En aquel momento no se me ocurrió pensar que esta desaparición pudiera ser algo más que una leve contrariedad; mi frase seguía en su sitio y en breve brillaría en el monitor. Antes, me dije, los ordenadores funcionaban sin ratón, así que debe haber alguna forma. Empecé a darle a las teclas, a ver qué pasaba, y el ordenador se reinició. Vale, me dije también, un bicho minúsculo no va a poder más que yo; y me levanté para ir a comprar otro ratón.
Me incorporaba cuando lo vi, no a él, sino su cola: un trozo de ella se asomaba por el suelo desde detrás de la mesa. Sin preguntarme cómo podía haber ido a parar allí, pero contento por no tener que retrasar más el principio de la novela, me agaché para cogerlo. Entonces, ante mis atónitos ojos, la cola desapareció detrás de la mesa, dejándome paralizado, en cuclillas, una posición sumamente incómoda. Lo que me tiró para atrás definitivamente fue ver correr una lucecita azul entre la maraña de cables que suele extenderse detrás de cualquier ordenador. Conocía muy bien aquella luz: era la de la rueda del centro del ratón. Me alejé arrastrándome hasta el otro extremo de la habitación y me acurruqué contra el rincón. El ratón se había quedado inmóvil sobre la regleta de enchufes iluminándola de rojo con su vientre. Cuando pasaron algunos minutos y todo seguía igual, empecé a pensar que todo lo había imaginado yo, en mi fiebre creadora de esa mañana, y fui acercándome a gatas poco a poco hacia la mesa. Ya estaba en mitad de la habitación y el bicho seguía inmóvil. Para animarme, repetí la frase que me había llevado hasta allí: seguía intacta. Avancé un poco más, hasta casi tenerlo al alcance de mi mano, cuando oí un suave clic y simultáneamente el idílico paisaje de la pantalla se convirtió en una gigantesca cabeza de ratón, toda dientes y ojos que me miraban, y el bicho del suelo empezó a correr directamente hacia mí. Me puse de pie de un salto y cuando quise correr hacia la puerta, la cola del ratón se me enredó entre los pies, devolviéndome al entarimado. Pataleé hasta soltarme y volví a mi rincón. Desde allí vi cómo el ratón, con el cable recogido, se había quedado paseando en el centro de la habitación, entre la puerta y yo. Otro suave clic y su cara desapareció de la pantalla. A veces el bicho se paraba, pero su cola seguía arrastrándose por la madera, como si estuviera tanteando el terreno.
Cerca de mí había una silla, la agarré por una pata y la levanté para golpear con ella al ratón pero antes de que pudiera hacerlo, él volvió a su guarida de cables. De todas formas se la tiré, aunque con resultado más bien nulo, porque él volvió salir con la lucecita azul parpadeando y moviéndose de un lado a otro con más ligereza que antes. Entonces sucedió lo peor: cuando quise repetir la frase para animarme comprobé que había olvidado algunas palabras, y que a otras las cambiaba de sitio. Esto me sacó de mis casillas, me incorporé gritando y me lancé a saltos contra el ratón con la intención de aplastarlo o, en su defecto, alcanzar la puerta y huir. Debí cerrar los ojos porque todo se volvió de repente negro, y cuando los volví a abrir estaba de nuevo en mi rincón, con la cara en el suelo, el ratón mirándome a escasos centímetros de mis ojos y su cola enrollada en mi cuello, a punto de estrangularme. Al relajarme, noté que él también cedía en su presión, hasta liberarme del todo, alejándose hasta sus territorios, o sea, el centro de la habitación.
No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, y así seguía, mirándolo de reojo, intentando recuperar una frase de la que ya apenas recordaba alguna palabra, cuando oí la puerta de la calle que se abría y volvía a cerrarse, seguida de un taconeo por el pasillo. Empecé a gritar como un poseso pidiendo socorro. La puerta de la habitación se abrió y pude ver, recortada contra el pasillo, la figura de la asistenta que venía a limpiar la casa todos los martes.
—¿Qué hace ahí? —me dijo. Y sin esperar contestación, entró en el cuarto, recogió el ratón del suelo, levantó la silla, y añadió—: Si lo va a dejar todo tirado, tendré que cobrarle un sobresueldo.
—La frase… —murmuré.
—Bueno, no sería muy buena. Ya se le ocurrirá otra.

1 comentario »

  1. Al volver a leerlo vuelvo a fijar la atención en esa entrada final de la asistenta que hace desvanecer de un sopapo todo lo acontencido, sea real o paranoia del narrador. El careo entre el hombre y el ratón tiene tensión y va ganando en intensidad, crece la angustia, y esa entrada a saco de la mujer es al relato como el corte de presión al chorro de la fuente cuando está en lo más alto.

    comentario por Luis Cema — Mayo 24, 2008 @ 11:04 pm


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