La tierra buena
Querido Joan:
Qué extraño me resulta escribirte ahora, después de tantos años de tenerte lejos. Sé que sigues dando clases de botánica en París. Me lo dijo Aldo Gracés cuando le llamé para preguntarle tu dirección postal. A fuerza de distancia nos hemos convertido en dos extraños y sin embargo, lo que voy a contarte tiene más sentido para ti que para nadie, sin contar, tal vez, a Lupe.
Recuerdas a Lupe. Yo me quedé aquí, sin ella, mientras tú te marchabas para olvidarla y dejabas a medias nuestra tesis conjunta sobre plantas acuáticas. De vez en cuando extraño todavía aquella pasión compartida por los ejemplares raros de criptógamas, flotantes y ciénaga. Nada, sin contar, tal vez, a Lupe, ha vuelto a cautivarme tanto.
Quizá porque nací de pie, Joan, y la gente como yo tiene derecho a un golpe de suerte al menos una vez en la vida, hace tres años volví a encontrarme con Lupe. En siete días nos vinimos a vivir juntos a esta casa en la que encendimos a la vez la felicidad y las bombillas. Desde aquí te escribo, ya sin ella.
Hace una semana que Lupe se marchó de mi vida y yo me quedé como mirando al mar. No me dio explicaciones. Tampoco yo se las pedí. Un adios Tomás y el suave cloc de la puerta sirvieron para empezar a perderle definitivamente el rastro.
Comprendí bien temprano que no iba a volver, así que no perdí el tiempo: me puse inmediatamente a llorar. Primero, con lágrimas ligeras de las que apenas mojan. Aquéllas las lloré todas en el sillón orejero, que había sido el primer mueble de la casa de los dos.
Me levanté horas más tarde para caminar a pasos lentos hasta la ventana. Apoyado en el mismo alféizar en el que Lupe se sentaba a fumar el pitillo de la sobremesa, continué llorando lágrimas cada vez más grandes, saladas y densas.
Ya había anochecido cuando decidí acercarme al armario que Lupoe había rebañado hasta pelarlo y dentro de aquel ataúd, el llanto se me hizo un chorro pesado y amargo.
A media noche, tenía las mejillas reblandecidas de encharcadas.
Sin abandonar mi líquida tarea, me arrastré de mala gana hasta la cama que había sostenido el nudo del cuerpo de Lupe con el mío, la que nos había destrozado a los dos la espalda. Y me quedé dormido para soñar que mis ojos-charco, eran ojos-mar, como los ojos de Lupe. Para soñar con los ojos de Lupe.
Cuando desperté lloraba a chaparrón. No daba abasto con mis manos limpiaparabrisas.
Llegué hasta el baño con dificultad: veía borroso el pasillo en el que Lupe y yo habíamos jugado a tirarnos los zapatos. Me miré en el espejo pero apenas pude intuirme. Entonces dejé de llorar pero era demasiado tarde, Joan: al secarme la cara, descubrí el nenúfar. Su círculo verde asomaba aún pequeño pero inequívoco en mi mejilla. Lo toqué con la punta de los dedos. Parecía de papel, de delicado.
Comprobé enseguida lo que tú estarás biensuponiendo: sí, Joan, me había brotado una Nymphea Penantis en la mejilla izquierda.
Recuerdas que estudiamos aquél caso: el único del que se tenía noticia hasta ahora. Un condenado a cadena perpetua, en Uzbekistán. Año 1957, Joan. Murió en dos semanas con el cuerpo cubierto de nenúfaresque habían echado raíces en su corazón y parecían alimentarse de su amargura. No se habían conservado imágenes, recuerdas Joan. Y aunque las descripciones abundaban en detalles no era posible, ahora lo sé, hacerse una idea de su belleza. Resulta increíble que la tristeza pueda generar seres tan espectacularmente hermosos.
De repente se me ocurrió que mi Nymphea podría secarse si no recibía la suficiente cantidad de agua. Y el pánico me hizo sudar. No podía sucerder, Joan. No podía permitir que se arruinara. Tenía que seguir llorando.
Así que, recordando a Lupe palmo a palmo, dándome cabezazos contra su ausencia, imaginando que otros ponían una pica en su corazón, conseguí que volvieran los sollozos y con ellos las lágrimas chirimiri, las lágrimas lluvia, las lágrimas torrente y los lagos de lágrimas.
Llevo seis días consumiéndome, Joan, en la llantina que alimenta la Nymphea. Cada gota en que me deshago la fortalece a ella que, cada vez más grande y florecida, se me ha ido extendiendo por el pecho, el costado, el sexo y las rodillas.
Apenas he tenido tiempo de observarla pero he notado diferencias sustanciales con el nenúfar común como el inusual grosor del limbo y la ausencia en éste de la escotadura habitual en la Nimphea Blanca. Últimamente le han nacido flores inodoras de color rojo oscuro con un solo pétalo en forma de almendra. Sin embargo tengo los ojos demasiado empañados y las fuerzas demasiado mermadas como para continuar fijándome en ella.
El último rasgo propio de la Nymphea es su velocidad de colonización del territorio.
Voy a pedirte lo que creo que deseas, Joan, pero debes prometerme que no vendrás antes de tiempo a mi casa. Déjame derramar mis últimas lágrimas por Lupe a solas y depués, dispón de la planta, llévatela a París, estúdiala como y cuanto te plazca y contémplala todo el tiempo que yo no podré hacerlo.
Una entrega donde las haya. Me gusta el proceso, el preámbulo real que da lugar a la tristeza y con ella, a la aparición de la Nymphea Penantis. A partir de ahí el relato toma otro cariz, esa seducción de la belleza de la flor y la cortina de agua crea una imagen preciosa. Y la autodestrucción se convierte en un acto de entrega y de descomposición que, lejos de ser trágico, es un fundido que dota al personaje de un halo de inmaterialidad camino de lo etéreo, de la inmortalidad. Me vienen a la cabeza al hilo de la inmolación y el agua, unos versos de Calderón que pone en voz de Segismundo en parlamento con Rosaura:
“Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser;
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y desta suerte,
viendo que el ver me da muerte,
estoy muriendo por ver.”
Comentario por Luis Cema — Mayo 5, 2008 @ 10:17 pm
Me ha gustado mucho como trabajas el tempo en la construcción del relato y la creación de algunas imágenes. Y al igual que a Luis Cema, que por alguna de sus historias merecería encarnarse en un personaje de Landero, esa fagocitosis floral de tu personaje me lleva, en mi caso, a olvidadas tardes de verano: …desapareciendo en oscuras salas, habitadas por lisérgicos haces de luz.
Gracias.
Comentario por Zulueta — Mayo 6, 2008 @ 5:37 pm
Gracias, Sara.
Al releerlo, he encontrado nuevas lecturas que antes no había percibido y he disfrutado muchísimo con él. Me encanta la atmósfera. Puedo sentir cómo la casa se va empantanando de lágrimas, confiriéndole consistencia de estanque. Puedo visualizar los reflejos verdosos que proyecta el agua estancada en las paredes, la sensación a humedad que se va apoderando de todo. Una atmósfera fértil, casi selvática… Y ahí he encontrado la nueva lectura a tu texto, porque he descubierto que el protagonista no se inmola, exactamente: cambia, muta, pasa por un duelo (duelo por una pérdida, por el final de una etapa) y resurge, colonizado por un organismo más audaz, más insólito, frágil aún, delicado como el “papel” y que además, duele -en palabras de una amiga, casi tanto como parir a un hijo o escribir una historia-. Aunque podría resultar terrorífico, no lo es -o yo no lo experimento así al leerlo-. Lo que de verdad preocupa al protagonista es que se marchite ese pequeño milagro antes de ser suficientemente fuerte como para no necesitar su cuerpo -su viejo yo-. Tampoco es un relato exactamente triste. Es melancólico, como siempre que se deja algo atrás, como siempre que se pasa de un estado -conocido- a otro -por conocer-. Pero en el fondo, creo que habla más de un renacer que de otra cosa. Y si añadimos a eso que la flor es del color de la pasión y que además su próximo destino será París… Creo que hasta podría decirse que es un relato de lo más romántico. En fin, que el protagonista, sin duda, ha florecido y seguro que goza de estupenda salud allá donde esté.
Comentario por Carlos O. — Mayo 6, 2008 @ 8:19 pm
Como cuando lo lei otras veces, me sigue encantando este relato. La idea del cuento me parece genial, como estoy seguro de que te parecería a ti si te la hubieras encontrado en cualquier antología “cuentística”, y la progresión hasta llegar a ese sorprendente y redondo final. También me gusta mucho como compaginas sin que chirríe en ningún momento el lenguaje literario y poético con el botánico-científico.
Una maravilla!!
Comentario por manuel_h — Mayo 7, 2008 @ 3:55 pm
Hermoso y triste… Gracias, hueca.
Comentario por El espía — Mayo 15, 2008 @ 10:53 pm