extraños contactos
Ernesto entrenaba siempre que podía en las pistas del Puente Romano, por lo que no le fue difícil sacar ventaja a sus perseguidores, la suficiente para mirar hacia atrás mientras abría la puerta de su coche. Los vio doblar la esquina y seguir su carrera por el centro de la calzada. ¡Te voy a matar, hijoputa!, gritaba el del bigote. Ernesto entró en el coche y bajó el seguro. Introdujo la llave en el contacto y la giró.
No sé, le dijo Ernesto a su amigo, me parece que este coche tiene demasiados años. Es un R5, tío, estos coches no se mueren nunca. No, si no quiero decir que se vaya a caer a trozos; pero ¿qué tal es de fiable? Nunca me ha dado ningún problema; sigue estando como el primer día, aunque un poco más sucio, claro. Joder, me parece mucho dinero para un coche de veinte años. Es lo que me dan en la tienda al comprar el nuevo; no puedo pedir menos, entiéndelo. Que yo necesito un coche que arranque todos los días. A la primera, tío, ni un puto fallo; además, yo no soy un desconocido al que no vayas a volver a ver; si te digo que arranca, es que arranca; y más si piensas tenerlo en garaje. ¿A la primera? Vamos a ver, Ernesto, ni que no conocieras el coche, si has subido en él tanto como yo, ¿cuando lo has visto fallar?
En el bar de copas, Ernesto se separó unos metros de sus amigos para intentar una conversación con un par de chicas, una de las cuales no dejaba de mirarlo y sonreirle. Nunca había sabido cómo acercarse a una mujer e iniciar una conversación, pero a veces parecía más fácil. Tanta mirada lo había convencido de que a lo mejor se conocían, aunque él no se acordara de qué. Se lo preguntaría, así de simple.
¡No irás a bajar en coche!, le dijo su padre cuando Ernesto se disponía a salir. Tranquilo, papá, le contestó, es más que nada por estrenarlo; no beberé alcohol. Ya me imagino toda la historia; primero no beberás alcohol, luego será sólo una copa, y al final acabarás dejándolo por ahí tirado hasta que mañana puedas ir a por él. Pues entonces qué más te da; será cosa mía si tengo que madrugar y pasar a por él antes del trabajo. Pues por eso lo digo, joder, déjalo aquí y estarás más tranquilo. Bueno, mira, me voy, que se me hace tarde; lo pensaré en el ascensor.
No había terminado de preguntarle si lo conocía de algo, cuando un empujón por sorpresa y por la espalda casi lo tiró contra la barra. Ernesto se dio la vuelta y se encontró con un tipo que le gritaba a la cara algo sobre su novia. Iba a pedirle disculpas y volver con sus amigos cuando dos gemelos del primero se pusieron a su lado. Por detrás oyó al camarero rogarles que no quería jaleo allí dentro. Más allá de los bestias que le empujaban hacia la salida, con el otro por delante caminando de espaldas, nadie parecía darse cuenta de nada. A lo lejos, envueltos en humo y música atronadora, sus amigos bebían y charlaban. Ernesto se dejó llevar sin ofrecer resistencia hasta que vio cerca la puerta. Entonces juntó todas sus fuerzas y empujó al que tenía delante, pasando casi por encima de él para poder salir corriendo a la calle.
Sí, ya sé que te mira, pero yo la dejaría en paz, le dijo Javier, tienen la típica pinta de meterte en líos. ¿Has visto si están con alguien?, le preguntó Ernesto. No, no las he visto con nadie, pero hazme caso, déjalas. Está buenísima, y mírala otra vez: está sonriéndome; a lo mejor me conoce. No me gustan ni un pelo; ¿por qué no nos vamos a otro sitio? Joder, ahora no; tengo que decirle algo; por lo menos, preguntarle si me conoce. Tío, pareces nuevo, pero allá tú.
La llave giró y el coche intentó arrancar, pero se quedó en un carraspeo cansado e inútil. Ernesto sintió a sus nervios como alambres de espino retorciéndole el estómago. Apretó el acelerador con saña y giró la llave. El motor del R5 volvió a toser. En el retrovisor los vio encima. Sudaba. Uno de ellos tiraba de una puerta, mientras otro daba patadas a la carrocería. El coche dejó incluso de toser cuando él giraba el contacto. El tercero apareció de pronto con una palanca con la que golpeó el cristal de la puerta de Ernesto. Una explosión y se vio lleno de cristalitos mientras unos puños le golpeaban la cara y lo agarraban de la chaqueta y tiraban de él hacia la calle y lo dejaban colgado sobre la ventanilla y los restos del cristal le cortaban el abdomen y le daban patadas en la cara y la barra metálica le rompió por fin la cabeza.
Me voy a comprar un coche, le dijo Ernesto a su padre mientras miraban un partido de tenis en la tele. ¿Un coche? ¿para qué?
Qué fuerte, Manuel, qué fuerte… Me gusta mucho. Me gusta la idea de hacer pedazos la linealidad y encajar las diferentes escenas de manera desordenada, empezar por el medio, terminar por el principio, y creo que están bien encadenadas, porque no llegas a desvelar el desenlace hasta casi el… desenlace, y al principio nos das elementos suficientes para crear cierto suspense. No sé por qué, pero además crteo que esta clase de historias contadas a “tijeretazos”, se prestan mucho a que tengan un componente violento (tal vez por lo de los tijeretazos). Me parece también muy acertada la manera de insertar los diálogos en el texto, que además (como siempre en ti), resultan naturales y fluidos, nada afectados. También me gusta la manera de describir la agresión: seca, sin implicaciones emocionales excesivas. El “por fin le rompió la cabeza” pone los pelos de punta.
En fin. Que nunca debió comprarse el coche…
Comentario por Carlos O. — Mayo 7, 2008 @ 10:47 am