La escupidera

Mayo 4, 2008

Por los pelos

Archivado en: archivo, cartas — lmcm @ 6:38 pm


No sé cuánto más aguantaré esta espera, es mucho el tiempo que ha pasado; el suelo del jardín está ya cubierto de hojas, los rosales perdieron sus colores y las zinias desistieron de dar más flores. Tumbado en el porche de la casa, en el que pasamos tantos ratos mudos, solo siento frío y soledad. Estoy solo dentro y fuera, alrededor todo calla, las casas vecinas mantienen día y noche los ojos cerrados, vacías también, como yo.
Hoy, cuando llegué a casa después de mitigar la soledad con unas copas, la luz de la luna inundaba el salón de abajo, como la noche en la que te fuiste, desde la que todo se ha acabado de desmoronar. Cuando los endemoniados pelos se empezaron a multiplicar día tras día socavaron nuestras vidas y dieron lugar a este abandono en el que aún crecen y crecen sin cesar.
Después de irte, intenté pensar que nada pasaba e hice de la rutina mi salvación, quería tener todo a punto para cuando volvieras, que no se notara que se movía el reloj. Esta noche hay una hora más, por cierto, y la luna sigue plana y blanca, una hora más que hará aún más pesado el paso del tiempo. Lejos queda cuando lo sentíamos como un obsequio, sesenta minutos más que nos regalaban para gozar; y entre risas giraban hacia atrás las agujas de nuestros relojes, mientras rebasábamos una vez más nuestra capacidad de metabolizar el alcohol con otro gin-tonic de beafeter en una marcha inagotable, al ritmo de lo que se nos pusiera por delante, y con un derroche de alegría capaz de arrasar con todo atisbo de pena que hubiera a nuestro alrededor.

Era un tiempo loco y suave a la vez, como mi piel entonces, sin pelos, lisa, tierna, fina, pulida…Todo empezó con un leve picor en las manos, ya ni me acuerdo cuándo; lo achacaba a la sequedad del ambiente y lo aplacaba con una crema de manos que tú me compraste.

Poco a poco, la mano dejó de ser una superficie pulida que gustara acariciar, su tacto fue haciéndose más áspero y paulatinamente el tono claro de la piel se fue oscureciendo.

La lanosidad fue extendiéndose hacia arriba y hacia abajo, como un parásito en forma de pelusa trepaba por el antebrazo y se encaramaba desde los pies hacia las pantorrillas, igual que las pelotas de polvo crecían bajo la cama y se propagaban por los pasillos hacia el resto de la casa.

A la vez que la comezón fue haciéndose más intensa y persistente resultaba más difícil encubrir la causa, por lo que fue necesario prescindir de prendas sin mangas y echar mano a guantes y bufandas, aunque el tiempo no los precisara; todo era poco para ocultar la creciente mata, las prendas de ropa eran cómplices y buenas guardianas de mi secreto, del que tú aún no recelabas.

De día, en el trabajo, el ir y venir de los papeles, encerrado en el despacho, ocupaba mi mente entregada con toda intensidad a resolver los expedientes que no cesaban de entrar en la oficina. Nadie sospechaba nada, ni la directora, ni mis otros colegas, para los que seguía siendo el mismo compañero eficiente y colaborador de siempre.

Entretanto las pelusas fueron creciendo y haciéndose más firmes, en mi cuerpo y en la casa, apoderándose de ambos y ennegreciendo sus superficies y todos sus recovecos como si se cerniera sobre ellos una preñada nube de tormenta a punto de descargar.

En ese tiempo todo mi afán era mantenerte al margen de los sucesos y contener el avance del invasor, primero fue con mi Gillette Mach3, que apenas hizo mella en el enemigo; pasé luego a combatirlo con armamento pesado, ceras y cremas depilatorias que me dejaban el cuerpo en carne viva. En tanto, las paredes de la casa comenzaron a exhibir ronchas peludas que semejaban brotes de una humedad que nunca antes hubo; toda ella se fue salpicando de cicatrices mohosas, primero en el garaje, ascendió por las escaleras después y la amenaza terminó por afectar a todas las estancias. Las batidas en mi cuerpo y en la casa se hicieron más repetidas, siempre a escondidas y con el temor de que tú lo descubrieras, convirtiéndose en ciegos ataques histéricos y a la desesperada. Era una lucha contra el tiempo en una encarnizada batalla en la que cada vez se dibujaba más claramente el perdedor.

No fue fácil, entretanto, rechazar tus caricias, buscar tretas para escabullirme de tus abrazos, encontrar excusas para no hacer el amor contigo, una y otra vez, día tras día, noche tras noche. Resultaban agotadores los denodados esfuerzos por borrar las señales, por enmascarar la exasperada situación, siempre a merced del acechante y repulsivo vello.

La pelambrera fue tejiendo una trenza de silencio entre nosotros, más y más tupida cada vez, que se alimentaba de nuestros problemas y acrecentaba sus dominios a la par que lo hacía la distancia entre tú y yo; la greña campaba ya sin complejos por mi abdomen, ocultaba bajo su espesa red los pezones y el pecho y tiró por tierra el esfuerzo de tantos años de gimnasio. Sí, allí donde nos conocimos, en aquel establecimiento un tanto cutre pero entrañable y familiar en el que se ponían en evidencia todos mis problemas de lateralidad al intentar seguir la secuencia de pasos que marcaba la monitora en las clases de step.

La primera vez que te vi fue en el vestuario, nos cruzamos a mitad de pasillo entre la doble fila de taquillas, tú marchabas fresco y recién duchado tras el entrenamiento y yo llegaba arrastrando los pies, sin ningún ánimo y con una gran pereza a cuestas. Simplemente una sonrisa al cruzarnos, nada más, pero había en tu mirada, en tu cara, un atractivo especial, una franqueza y una dulzura que luego pude llegar a conocer y a disfrutar.

Pero esa mirada mudó cuando te empezaste a inquietar, cuando se acabaron las excusas y ya no hubo tela con que tapar la negrura que me había alcanzado ya hasta el rostro, ni vendas que evitaran que vieras la estopa vasta que recorría los muros y minaba los cimientos de nuestro particular sueño.

El abismo se hizo cada vez más insondable, los gestos más adustos y las palabras más parcas, hasta que aquella noche, como hoy, con luna llena, estalló la olla, anunciaste tu marcha y tuve que ponerle fin a la situación.

Desde entonces, espero que vuelvas, pero la desazón crece y la espera pesa más cada día, como la basta masa de pelo, sucio y enmarañado que recubre todo mi cuerpo. No ha dejado de crecer desde que te fuiste y se ha apoderado de todos los rincones de esta casa, en la que vivir resulta cada vez más asfixiante.

Ahora solo me queda este encierro, en el que apenas se cuela la luz entre las densas matas de rizado estropajo que ciegan las ventanas, desde las que aún acierto a ver, en un extremo del jardín, el montón de arena que te delata, mientras espero que vuelvas, que salgas de la tierra y me abraces.

Luis Cema

© LMCM - Octubre de 2007

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