La escupidera

Mayo 3, 2008

Salida nº 167, octubre 2007

Archivado en: Relatos, archivo, cartas — manuel_h @ 9:07 pm

Señor D. Óscar Lavía, Jefe del Departamento Comercial de Hormigones Generados S.L.:

Como seguramente recordará, hace dos años hicimos a su empresa un pedido de vigas y pilares de nueva generación, para la construcción de unos chalets en el término municipal de Castellanos de Moriscos, en la provincia de Salamanca (municipio en el que casualmente, y tal vez por desgracia, yo también resido). En honor a la verdad, debo decir que dicho pedido se hizo a pesar de la oposición de nuestro aparejador, don Tomás Bellín, técnico apegado a la vieja escuela, que no veía ninguna ventaja a la flotabilidad de los materiales de su empresa, y sí algún inconveniente derivado de su ligereza, sin tener en cuenta que dicha ligereza, como ustedes anunciaban, era sólo temporal, para facilitar la construcción. Dicho aparejador nos abandonó (dando gritos incomprensibles y en un estado de nervios bastante inexplicable en alguien que hasta entonces nos había parecido tan serio y dueño de sí mismo), en cuanto desatamos las vigas que llegaron en su primer envío y nuestro peón las descargó, él sólo, de cuatro en cuatro.
Sin preocuparnos por la baja de Don Tomás (aunque quizá deberíamos haber llamado a su esposa, a ver qué tal seguía de salud), seguimos recibiendo su material, y almacenándolo cuidadosamente amarrado al suelo, para evitar pérdidas si algún día se levantaba brisa al atardecer. Después de las vigas llegaron los pilares y empezamos con la estructura de los chalets.
Qué maravilla, Don Óscar, y qué manera de adelantar en el trabajo: Creo recordar que los albañiles hasta cantaban alguna canción que recordaba a los enanitos de aquella película, mientras se tiraban los pilares unos a otros y los colocaban en su sitio sin ayuda mecánica alguna. Una plomada y unas cuerdas trazando la línea eran suficientes. Y cuando había que subir las vigas al primer piso para colocarlas en su sitio, el único cuidado que teníamos que poner era no utilizar demasiada fuerza para que no se nos fueran al otro lado de la construcción. Yo mismo, Don Óscar, me involucré en esos quehaceres, que más que trabajo eran juego, en vez de limitarme a mi papel de arquitecto.
Terminamos la primera fase de los chalets sin la menor duda de que había sido un acierto contar con su hormigón de nueva generación, así que les hicimos un nuevo pedido para la segunda fase.
Todo transcurrió como la vez anterior, hasta que llegó el tercer camión cargado de pilares. Nos extrañó ver que encima de ellos traía grandes piedras. Cuando preguntamos al chófer qué hacían allí aquellas piedras, nos contestó que las había tenido que poner como lastre, porque el hormigón tiraba del camión hacia arriba y a él no le habían enseñado a pilotar aviones. Ahora sé que aquello debió preocuparnos, pero entonces nos resultó divertido.
Tuvimos que utilizar una grúa para cambiar de sitio el lastre (que en ningún momento nos permitió el chófer que bajáramos del camión), y cuando desatamos el primer pilar, a punto estuvimos de perder al peón que se quedó agarrado a él mientras empezaba a subir como si de un globo de helio de tratara. Por suerte, éramos varios los que mirábamos alrededor, y pudimos sujetarlo a tiempo, tirando de ambos, pilar y peón, hacia el suelo, hasta que lo tuvimos controlado y pudimos llevarlo hasta el almacén donde lo atamos cuidadosamente, al pilar. Con mucho cuidado, conseguimos hacer lo mismo con el resto de la carga.
No voy a contarle, Don Óscar, lo que nos costó manejar este último material. Le diré sólo que tuvimos que triplicar el número de albañiles, primero para conducir y sujetar cada pilar y empujarlo hacia abajo, hasta introducirlo en su base de hormigón, y luego para quedarse horas agarrándolo, mientras fraguaba la base. Hubo mañanas en las que, al llegar a la obra, nos encontramos con pilares que habían escapado del hormigón y estaban flotando en el aire sujetos por las gruesas cuerdas con las que habíamos tenido la precaución de atarlos. Se puede usted imaginar lo que significaba encontrarse con la base solidificada y el pilar flotando dos o tres metros por encima de ella. Cuántas lágrimas derramó el constructor pensando en los jornales de más que tenía que pagar, y cuántas alegrías entre los albañiles, por la misma razón. Son las circunstancias como éstas, tan difíciles, las que hacen aflorar el interior del ser humano, y donde se ve el amor que cada uno profesa por las obras que tiene en sus manos.
Con grandes esfuerzos, varios meses de retraso, y toneladas de ladrillos macizos extrapesados en las paredes, terminamos por fin la construcción de los chalets, que no quedaron mal, a pesar de todo. Seguramente por las prisas en perderlos de vista y olvidarse de ellos, el constructor los vendió a un precio irrisorio, con lo que rápidamente se los quitaron de las manos.
Y esta historia tendría que haber acabado aquí, pero hace unos días recibí un escrito del Colegio de arquitectos en el que me comunicaban que se iba a tirar una pared en un chalet que se había construido hace un año bajo mi dirección, para poner en su lugar una amplia y ligera cristalera. Sin pensar siquiera de qué obra podría tratarse, olvidé inmediatamente dicho escrito. Hasta esta mañana, cuando al salir al porche para tomarme un zumo, me he encontrado con un chalet que me resulta dolorosamente conocido flotando en el aire, unos treinta metros por encima justamente de mi casa.
Así que ahora debo preguntarle, esperando su respuesta con el mayor interés: ¿cuánto tiempo tarda su hormigón en recuperar su peso habitual?

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