Reciclajes
Lo descubrí cuando me fui a vivir a Holanda con mis tíos. Creo que por aquel entonces aquí desconocíamos hasta la palabra. Al menos, no recuerdo que nos hablaran de ella en el colegio, y de seguro no aparecía en ningún libro de texto. Así que cuando mi tía me explicó por qué tenía tres cubos de basura en lugar de uno, me chocó bastante. Y es que en esto del reciclaje, hay que reconocer que los nórdicos son unos pioneros.
Al principio me pareció complicado. Había un cubo para tirar las latas y los envases de plástico, otro para los botes de vidrio y uno más pequeño para los desperdicios vegetales. Con estos últimos, mi tío hacía compost y abonaba el jardín. Además, cada sábado, una cuadrilla de niños en bicicleta se pasaba por las casas del barrio, recogiendo periódicos viejos, revistas y cartones. Luego los llevaban a la escuela, y la escuela los vendía a la fábrica de papel. Y es que para esto de hacer negocios, hay que reconocer que los nórdicos tampoco se quedan atrás.
En mi opinión, después del lavaplatos, el reciclaje es el mejor invento del ser humano. Aunque, claro, no toda la basura se puede reutilizar. En un país tan pequeño, eso puede suponer un problema bastante gordo. Sin embargo, los holandeses lo han resuelto con éxito. Por ejemplo: los desechos orgánicos los amontonan a orillas de las carreteras, los cubren con tierra y plantan arbolitos. Es una especie de reciclaje natural. Además, esos montículos cumplen una doble función: aíslan del ruido de los coches y rompen un poco la monotonía del paisaje. Luego está la basura más contaminante, como los residuos nucleares. Esa la mandan por barco a algún país africano y por un módico precio, la dejan allí. No es muy ético, pero resulta práctico. Y es que los nórdicos, otra cosa no serán, pero hay que reconocer que prácticos sí que son.
Por desgracia, no resulta siempre tan sencillo. Cuando decidí reciclar a mi esposo, por ejemplo, tuve mis dudas. Estaba casi nuevo, pero venía defectuoso. No sé si era problema de fábrica, porque lo conseguí de segunda mano y ya no traía ni garantía ni libro de instrucciones, así que no había forma de reclamar. Pensé en repararlo, pero sinceramente: me salía más caro arreglarlo que agenciarme uno nuevo. Además, tras dejarme un ojo morado y un par de costillas rotas, ya le tenía aprensión. Cuando le coges manía a un trasto, lo mejor es tirarlo. O reciclarlo. Ahora bien: no sabía en qué categoría entraba. Pregunté en el ayuntamiento, y allí me dijeron que mi marido tenía pinta de ser basura de difícil clasificación. Ni vidrio, ni cartón. Ni brik, ni plástico. En cierto sentido, era una lata, pero no del tipo que se recicla. Al final me quedaron dos opciones: o hacerlo pasar por un residuo tóxico o por un desecho orgánico. Lo primero se ajustaba más al perfil de mi marido, pero soy una mujer de principios y no me parecía justo exportar a otros países la porquería que yo no quiero. Al final me decidí por la opción montañita de basura cubierta de tierra. Creo que fue lo mejor. Por un lado, se queda -como quien dice- en la tierra que lo vio nacer, o que lo parió, según se mire. Por otro lado, ayudo a combatir la contaminación acústica, hace más bonito y también se reforesta un poco, que nunca viene mal.
Ahora estoy pensando que igual me animo y reciclo también a los niños. Y es que cuando le coges el gusto, ya no puedes parar. En fin, que otra cosa no, pero para esto de reciclar, hay que reconocer que yo, soy muy nórdica.
Debería haber un capítulo especial en cualquier blog que se precie dedicado a la literatura de autoayuda. Aquí lo inauguraríamos con este artículo que me parece extraordinario (esto podría parecer monótono, si se leen más comentarios, pero es completamente natural, siendo como somos, además de fantásticos escritores, excelentes amigos que queremos seguir siéndolo), al que le encuentro una única pega: que esperes al cuarto párrafo para indicarnos por donde van de verdad los tiros. Yo habría agradecido una frasecilla del tipo “Cuando decidí reciclar a mi esposo, por ejemplo, tuve mis dudas” al principio, porque así la lectura de los tres primeros párrafos adquiriría un relieve especial.
En fin, esto lo digo por decir algo, porque me lo he pasado como un enano (?) leyendo el texto.
comentario por manuel_h — Abril 29, 2008 @ 3:01 pm
Sin embargo, siguiendo el hilo que lanza Manuel, el contraste le pega al relato un cambio de giro interesante. Vas como lector encaminado por el discruso didáctico-divulgativo y de pronto te sorprende el nuevo cabo que se lanza y que da la vuelta a la historia. Es un golpe de efecto, como si el narrador se quitara de pronto la máscara y le viéramos sus entresijos inquietantes.
comentario por Luis Cema — Abril 29, 2008 @ 5:46 pm
A mí también me gusta el golpe de efecto a mitad del cuento porque me parece que los párrafos anteriores tienen suficiente entidad y son muy divertidos… no les hace falta ningún “aliciente” para animarnos a seguir leyendo. Luego el giro sorprende y asistes a las elucubraciones ecológicas encantada y muerta de risa… No vuelvo a leerte en la biblioteca… menudo escándalo! Me encanta. No sé si hacía falta decirlo…
comentario por lahueca — Abril 29, 2008 @ 6:33 pm