Hace unos días, Felipe saboreaba por la Rúa Mayor un impresionante helado del Novelty, cuando una especie de terremoto en forma de energúmeno de ciento cincuenta kilos se le tiró encima. En un momento, Felipe estaba en el suelo, inmovilizado, y la fiera, sentada a horcajadas en su pecho, se inclinaba sobre él hasta que las caras se encontraban a diez centímetros escasos. El helado había salido volando en el susto inicial, aunque pude cogerlo al vuelo. Estaba rico. A Felipe no le gusta que le prueben los helados. La aparición escupía palabras cerca del oido de mi amigo, resignado a escucharlas una y otra vez, hasta que se cansara. Debía de ser un día propicio, porque a lo largo de la calle, que no es muy larga, como sabéis los que conocéis Salamanca, se veía por lo menos a media docena de personas sometidas al mismo trance.
Cinco minutos más tarde, el bruto había desaparecido. Felipe se levantaba, sacudiéndose la ropa, cuando se fijó en el mínimo resto de cucurucho que quedaba de su helado. ¡Serás cabrón!, me dijo. No se me ocurrió nada creíble que contestarle, así que me encogí de hombros y le dije: Te vi tan ocupado que crei que tenías para más rato… y el helado se iba a deshacer.
—De pequeño me gustaban los anuncios de la tele —se me confesó Felipe—, y he de reconocer que alguna vez me he apuntado a algún servicio de noticias y alertas en el móvil, más que nada para que sonara de vez en cuando, pero esta moda de la “convincing publicity” me tiene un poco harto, la verdad.
—Ya. No me extraña —le contesté mientras me limpiaba los restos del helado con un kleenex—. Y este, ¿qué anunciaba?
—Que puedo borrarme de esta lista de publicidad mandando un mensaje o llamando a no sé qué número.
—Ah, qué bien —lo vi pensativo—. Te borrarás, ¿no?
—Pues no sé… a veces se siente uno tan solo que…
No pude escuchar nada más, porque un luchador de sumo en taparrabos me tapó toda la visión, central y periférica, me abrazó y levantó hasta que pudo escupir directamente en mi trompa de eustaquio no sé qué de unos muebles que pensaban venderme, a un precio irrisorio, con los cupones que iban a salir en el periódico todos los jueves y viernes de la próxima década.
Abril 27, 2008
deportes de contacto
1 comentario »
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Je,je…esto cada vez toma dimensiones más insospechadas. Me resulta curioso una referencia tan concreta y cotidiana como la Rúa y los sucesos extraordinarios (hoy por hoy) de los anuncios bomba. Cada vez que la pasee tendré cuidado no me caiga encima alguno. Los caminos de la publicidad son inexcrutables…
comentario por Luis Cema — Abril 29, 2008 @ 5:49 pm