La escupidera

Abril 24, 2008

El comedor (versión 2.0)

Archivado en: Relatos, brevedad cotidiana — lmcm @ 11:51 pm

Aún no es la hora pero ya hay un grupo de personas ante la puerta de cristal. Las cortinas de visillo están corridas, negrean, la luz que se atisba dentro las clarea. Tomás, recién llegado, se acerca a la puerta, escudriña tras el vidrio, lo golpea con los nudillos.

Los otros le miran torcido, gesticulan, protestan. Él se vuelve, les hace un aspaviento, chasca la lengua, mueve la cabeza a los lados y se retira al final de la cola. Todos se conocen, coinciden día a día desde hace tiempo, aquí, a la misma hora. Todos esperan, dos en el suelo, la espalda contra la pared.

Tomás toma del brazo a un hombre maduro, con barba y melena; protesta, le quita la mano, hoy no quiere volver a escuchar la historia del viejo. Él insiste, se le acerca de nuevo, apoya en su hombro una mano y le cuenta:

––Aquel día compré un décimo del Niño, tenía una corazonada. Nunca tuve suerte, ni siquiera en los sorteos de las revistas de misiones de la escuela, pero presentía que esa vez un servidor de ustedes, Tomás Chávez Santos, iba a dejar de lado el sobrenombre del desgraciao para colgarse el de a-gra-cia-do. Y van… y me roban la cartera.

Se oyen los cuartos en el reloj de la plaza, suenan las llaves en la cerradura, chirría el aluminio al arrastrar el serrín esparcido por el suelo. El grupo se moviliza, se levantan los del suelo, avanzan todos en piña hacia la puerta.

Tomás se queda solo con su plática.

––Me acordaba del número perfectamente –el diezmilsetecientoscincuentaysiete- pero pensé que si Dios existía no iba a recompensar doblemente al ladrón con un boleto premiado.

Da unos pasos, se suma al grupo que entra ya en el local. La puerta se cierra, el muelle lleva roto cerca de medio año, alguien saca una escupidera para que una hoja quede abierta.

Tomás avanza renqueando tras el grupo, vocea a espaldas de los colegas, que se acomodan en las mesas.

––Para una vez que me toca algo, van y me lo roban. ¡Hay que tener la suerte en el culo! ¡Una mierda pinchá en un palo!

––¡Shssssssssssss!

Dos mujeres lo observan, comentan algo entre sí por lo bajo. Tomás se acerca, ellas lo miran con lástima, van a girarse y él las detiene agarrándolas del brazo.

––En el Paraíso, donde lo había comprado, me enteré que el segundo terminaba en 757. ¡Maldita sea! ¡Estaba premiado!

Tomás soltó a las dos mujeres y se volvió hacia el resto del grupo. Todos estaban ya sentados a lo largo de dos tableros largos y estrechos. Extendió el brazo, blandió el dedo índice de la mano de derecha, arriba y abajo de manera insistente delante de sus caras. Con el ceño fruncido, la mirada perdida y el gesto de predicador les dijo:

––Fue la prueba de que dios no existe, algo que yo ya venía sospechando desde mis tiempos de monaguillo. Que no os engañen, hacen de su alba un sayo, venden un dios misericordioso que es más falso que un Judas de plástico. Fingen, enredan, embaucan, ¿para qué? Para robarnos…

Dos mujeres se acercan al viejo. No dicen nada, lo coge cada una de un brazo y lo sientan a una de las mesas.

––Vale, Tomás, que le va a dar algo. Siéntese y coma que Dios le va a castigar de tanto blasfemar. ¡Ay qué cruz, día tras día igual! ––dice una.

––Ande, venga, que luego es el último y nosotras tenemos que hacer extras para recoger ––dice la otra.–– ¡Hale, hale, todos a comer!

Un sonoro sorbo anuncia la llegada de las cucharas a la boca. Doce pares de mandíbulas trituran la legumbre, doce gargantas las engullen. Una, dos tres, cuatro, cinco veces se repite la acción. La mano izquierda moja pan y lo lleva a la boca. Doce pares de ojos miran el plato, se pierden en los ronchones de la pared. Masticar y masticar, tragar y tragar.

Las alubias flotan viudas en el caldo en busca de una morcilla inexistente. Caen diez o doce piezas en cada golpe de cuchara que se hunde en el plato.

Ya van para no se sabe cuántos años que a Tomás le esquivó la fortuna. Desde entonces, de lunes a viernes, semana a semana, mes tras mes, año tras año, un día y otro se sienta a esta mesa con el hule de cuadros verdes que se le pega a los brazos.

Las voluntarias van y vienen poniendo y quitando platos, meten los cazos en las perolas, sirven las raciones, sonríen, bromean. Alguna voz sobresale, rompe el silencio marcado por el ruido de los cubiertos al golpear y arrastrarse en la loza.

Al salir hace cola para recoger los bocadillos del fin de semana, como todos los viernes. El comedor cierra hasta el lunes.

Luis Cema

© LMCM Abril 2008

3 comentarios »

  1. Leyéndolo ahora, tu anterior versión parece sólo un borrador. Me encanta cómo describes la situación y el ambiente. Lo de la lotería parece sólo una excusa (el McGuffin de Hitchcock), para recrearte en la tristeza y resignación de un perdedor. En este sentido, la insistencia en contarnos pronto la resolución de la anécdota me parece completamente acertada, aunque, erre que erre, sigo creyendo que había una alternativa que también podía valer, más o menos de este modo:

    “Las voluntarias van y vienen poniendo y quitando platos, meten los cazos en las perolas, sirven las raciones, sonríen, bromean. Alguna voz sobresale, rompe el silencio marcado por el ruido de los cubiertos al golpear y arrastrarse en la loza.
    Dos mujeres lo observan, comentan algo entre sí por lo bajo. Tomás se acerca, ellas lo miran con lástima, van a girarse y él las detiene agarrándolas del brazo.
    ––En el Paraíso, donde lo había comprado, me enteré que el segundo terminaba en 757. ¡Maldita sea! ¡Estaba premiado!
    Al salir hace cola para recoger los bocadillos del fin de semana, como todos los viernes. El comedor cierra hasta el lunes.”

    En cualquier caso, me parece un relato magnífico, una instantánea con mucha fuerza. Incluso se me hace corto, aunque sé que era una de las normas de esta propuesta.

    comentario por manuel_h — Abril 26, 2008 @ 7:26 am

  2. Tienes una habilidad enorme para la descripción de pequeñas acciones encadenadas, que toman una dimensión poética al dotarlas de ese ritmo tan particular, tan tuyo. Envidio tu paciencia, tu meticulosidad y tu capacidad de observación. Yo no tocaría nada de este relato, me parece redondo, tristísimo, con un sabor a derrota que deja poso. Eso es bueno, por si no queda claro! Hablamos el miércoles.

    comentario por carlos — Abril 28, 2008 @ 9:39 pm

  3. Este lmcm cada día está más inspirado. Un relato conmovedor.

    comentario por El espía — Abril 28, 2008 @ 9:51 pm


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