Sor Teresa caminaba por el claustro todo lo rápido que le permitían las faldas del hábito, su aceleración aumentaba a cada paso y la distancia que la separaba de la puerta de madera disminuía a la vez que crecía la que la alejaba del punto de origen. Al llegar se colocó la falda y llamó tres veces a la puerta. El golpe se propagó a través de las moléculas que conformaban la estructura de madera e incrementó su energía interna. En el otro lado se oyó una voz suave que invitaba a entrar. Teresa giró el picaporte y cerró de nuevo al encontrarse dentro. El despacho de la madre superiora era acogedor y austero. Por muchas abadesas que pasasen por el convento, ese despacho observaba inmutable el paso de todas ellas. Siempre estable, como un átomo de neón o argón, o como cualquiera de los gases nobles. La mujer que se sentaba tras el escritorio la miraba con dos ojos oscuros que parecían recriminarle algo, aunque su boca expresaba una cálida sonrisa. En los años y medio que llevaba en el convento nunca la había visto sonreír de verdad, también con los ojos, a veces pensaba que eso era tan imposible como llegar a medir la velocidad de un electrón y averiguar donde se encuentra al mismo tiempo.
––Madre,…––la saludó sor Teresa inclinando la cabeza.
––Hermana, me han comentado que tienes problemas con los visitantes de la tienda.––dijo con voz tranquila.
No le sorprendió lo más mínimo, la madre Rafaela siempre iba al grano, sin preocuparse de las apariencias.
––Bueno, madre, eso no es del todo cierto.––la diferencia se parecía a la que existía entre el modelo de Thomson y el de Rutherford, o sea, considerable.
––Entonces me han informado mal. Relátame tu versión de los hechos, hermana.
––Ya sabe que no me gusta mucho la idea de trabajar en la tienda, pero la acepto si eso es lo que Dios quiere de mí.––la madre superiora asintió con condescendencia.––Y menos en primavera, cuando las visitas se multiplican como moscas en un tarro de miel.––hacía unos días que había intentado convencerse de que esto era igual que la segunda ley de la termodinámica: la entropía del sistema (en este caso la botica) no podría aumentar, por lo que había alcanzado el equilibrio. Pero su teoría revolucionaria se había estropeado al darse cuenta de que la tienda no era un sistema aislado, así que no podía hacer nada más por consolarse. Incluso que la naturaleza tendiera al caos por requerir el mínimo esfuerzo no le servía. Si acaso esto fuese como un… Dio un respingo cuando la voz de la madre Rafaela la sacó de sus cavilaciones:
––Hermana, ve al grano. No te pierdas en tus pensamientos.
––Pues resumiendo, que me parece que son gentes muy desordenadas y no saben dejar las cosas donde las cogen. He tenido que colocar las cajas de pastas tres veces en lo que va de mañana, madre, tres veces…––deseó que su voz no sonase demasiado escandalizada, pero en verdad le parecía una auténtica vergüenza.
Rafaela se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Después volvió a colocarlas sobre la mesa y miró muy seriamente a la monja que se sentaba frente a ella.
––Hermana, tengo la solución a tus problemas. Podrás trabajar en la huerta y dejar que sor Isabel vaya a la botica. Ella es mucho más dicharachera y le gusta más tener contacto con la gente. Así tú podrás librarte de los turistas.
La cara de Teresa se iluminó y se ensombreció casi al instante.
––Pero, madre,––expuso con voz preocupada––tal vez Nuestro Señor quiera que siga trabajando en la tienda…
La madre superiora suspiró con hastío. ––Esta muchacha… no entiende la mecánica y quiere aprender cuántica.––pensó. No dudaba de que sus intenciones fueran buenas, pero a veces era demasiado sufridora.
––Tranquila, hermana, Dios también quiere que seamos felices. Ve a informar a Sor Isabel del reajuste.
––Gracias, madre.––dijo, mientras inclinaba de nuevo la cabeza.
La hermana Teresa salió del cuarto y cerró la puerta a sus espaldas. La madre superiora espero unos segundos antes de acomodarse en el sillón y sacar el libro que estaba leyendo de bajo sus faldas. Con una sonrisa prosiguió su lectura de La nueva mecánica ondulatoria, aunque la traducción del libro de Schrödinger no terminaba de convencerla.
14/IV/08
Me gusta el personaje de la Madre Rafaela, que puedes pensar al principio del relato que es seco y duro (como la abadesa de Manuel. Se va dibujando, no obstante, considerada, sabe escuchar, entiende las debilidades de la hermana Teresa, se permite sonreir (aunque pretenda esconderlo) y busca soluciones positivas al problema. Y finalmente descubrimos su pasión, me encanta la frase final: “Con una sonrisa prosiguió su lectura de La nueva mecánica ondulatoria, aunque la traducción del libro de Schrödinger no terminaba de convencerla.”
En general el contraste de lenguaje técnico y literario funciona muy bien, con moementos especialmente ricos, como la acotación del pensamiento de la Madre: ––Esta muchacha… no entiende la mecánica y quiere aprender cuántica.––
Interesante, sí, y se aprende mucho, como lo de la estabilidad de los gases y de los átomos de neón o argón, ¿alguien da más?
comentario por Lusi Cema — Abril 21, 2008 @ 5:35 pm
Difícil es dar más en ese campo! Me gusta mucho cómo has conseguido que una anécdota trivial pase a ser interesante gracias al uso que haces del lenguaje. Y también el cambio de protagonista, que parecía al principio que iba a ser la tendera, y que acaba resultando ser la superiora.
Por otra parte, y dada la lectura que la Superiora tiene entre manos, puede que el relato ganara en coherencia si estuviera escrito en primera persona por esta madre superiora, ¿no?
comentario por manuel h — Abril 22, 2008 @ 7:08 pm