Venus atrapamoscas
Era la que buscaba, justo como me la había imaginado. No tenía la menor duda de estar frente a la definitiva, de haber encontrado mi sitio.
–-Ocho casas ya es bastante, te dejas un poquito en cada una y si sigo así acabaré desintegrándome. Pero estoy seguro de que a la novena va la vencida –-le dije a Olalla mientras empacábamos mis bártulos.
Desde hacía dos meses disponía en usufructo de un cuarto en la casa de un amigo; el plazo de disfrute de estos bienes ajenos estaba a punto de vencer, como el verano, y los inquilinos por derecho a punto de volver al piso compartido.
–-Bueno, vamos a ver qué te depara el destino, majete –-dijo Olalla con un poco de retintín. Sacó del bolso la baraja del tarot que le había regalado cuando nos conocimos y extrajo del mazo la carta correspondiente al nueve.
–-Mira tío, el Ermitaño: maestro, guía silencioso que conduce a otros con su lámpara. Humilde y consciente de su función de servicio y entrega. La experiencia producto de los años. El guía ejemplar. ¡Nada menos!
–-No está mal, clavaíto, clavaíto…
–-Espera, espera, que aún hay más. En cuanto al número, el Nueve significa consumación, cumplimiento, la meta, el final de un ciclo de actividad. ¿Cómo lo ves, colega? –-y me tendió la carta.
–-¡Anda la hostia, ya es casualidad! –-exclamé al releer lo escrito en ella.
–-¡Para que digas que esto de las brujas y de adivinar el futuro son patrañas!¡Te lo ha clavao, tío, te lo ha clavao!
–-Bueno, vale, reconozco el golpe de efecto, pero eso no quiere decir que me convierta en miembro de la secta –-repliqué con mi escepticismo un poco tocado.
–-¡Está claro, mañana vuelves a nacer, se acabaron los malos rollos, estás de suerte, tío! –-dijo ella.
Se rescolgó sobre mis hombros y me envolvió en un fuerte abrazo. Posó sus labios ventosa sobre mi cara. Después de un sonoro beso me soltó, saltó por cima de las cajas desperdigadas por la habitación, agarró el palo de la fregona y se puso a cantar a cantar a Serrat en plan heavy .
–-Coge tu mula, tu hembra y tu arreo, sigue el camino del pueblo hebreo y busca otra luna –-gritó con voz aguardentosa y tono provocador–- tal vez mañana sonría la fortuna –-dio media vuelta, hincó sus rodillas en el suelo y retomó con más desgarro–- y si te toca llorar, es mejor frente al mar… –-terminó cayendo hacia atrás con un solo enérgico de palo de fregona.
Reí con ganas hasta el punto de humedecer el ojo. Rodé por el suelo con Olalla. Estaba convencido de que una puerta nueva se abría ante los dos. ¡Estaba tan seguro de ello! Así fue, en efecto, pero nada ocurrió según lo deseado. La puerta se abrió, sí, pero de la forma más insólita e inesperada.
Al día siguiente, el primer día de mi consumación, de mi nuevo ciclo, de mi encarnación como ermitaño, a media mañana salí hacia mi nuevo refugio. Con una bolsa colgada al hombro, una maleta a remolque y una jaula en la mano. Perico aleteaba inquieto, de la barra al columpio, del columpio al suelo, y vuelta de nuevo a empezar. Cuando llegué, las dueñas estaban ya esperando ante la casa, las dos con falda negra plisada, chaqueta beige de paño, sendos botones de oro junto al corazón y amplia sonrisa. Ambas se fundían en una única silueta encorvada, dos troncos vencidos por el peso de cuellos incapaces de sostener las cabezas, gachas y con la nariz afilada apuntando al suelo. Deformados por la artrosis, veinte dedos descarnados me saludaban, y en la base de las dos figuras, dos pares de flacas piernas en constante desafío frente a la amenaza de desequilibrio que pendía sobre los cuerpos que sustentaban.
Al acercarme a la casa se hicieron cada una a un lado, giraron la cabeza hacia arriba, me miraron y señalaron la entrada con la mano.
–-Buenos días y bienvenido a tu nuevo hogar –-dijo una.
–-Será un placer tenerte como inquilino –-remató la otra.
–-Gracias, gracias, muchas gracias –-dije yo, abrumado por tal recibimiento.
El sol proyectaba la sombra de las hermanas sobre la puerta entornada. Avancé entre ellas, traspasé el umbral y di un paso al frente. Mi pie derecho pisó la cola desplegada del pavo real de piezas de cerámica dibujado en el suelo del recibidor.
A cada lado del vestíbulo, dos habitaciones, hacia delante un corto corredor y un salón al final. La luz entraba generosamente desde el patio trasero por una cristalera, prácticamente la totalidad de uno de los paños.
Las hermanas iban por delante, dándome todo tipo de explicaciones, se esmeraban conmigo. Les había caído bien, ellas también a mí, tan frágiles y tan sonrientes.
–-Hace tiempo que la casa está cerrada pero no abandonada, aunque huela un poco… –-apuntó una.
–-Rezuma un poco de humedad por los bajos del rodapiés, pero por eso no te preocupes, y tú lo que necesites…ya sabes, para eso estamos –-apostilló la otra.
Yo las seguía, ya sin la bolsa ni la maleta, pero aún con la jaula en la mano. Juntos salimos al patio. Aunque en la calle el calor ya se hacía notar, sentí una agradable sensación de frescor. Era un espacio pequeño pero acogedor, de forma irregular, iluminado por paredes de cal. Apoyado en una, el tronco sinuoso y arrugado de una vieja parra subía hasta la terraza del edificio de atrás.
Al patio daban la cocina, el baño, el salón y otra estancia más reducida que comunicaba con éste. Al abrir la puerta de la habitación nos envolvió un aroma intenso y dulzón. El destello de luz sobre un espejo me deslumbró. El canario empezó a revolotear, mordía con el pico los barrotes como queriendo escapar.
Bajo el espejo, dos monstruos alados de rostro enjuto y nariz aguileña flanqueaban una chimenea francesa. Sobre sus lomos encorvados se apoyaba la repisa. En ella, una Venus atrapamoscas.
El aleteo del pájaro se hizo más frenético. Salí con la jaula al patio y el animal se calmó de repente. Lo dejé bajo la parra y volví a la habitación.
Las ancianas cuchicheaban entre ellas y callaron al verme entrar, cruzaron miradas inquietas y se apartaron de la chimenea. Las hermanas se excusaron, quedé allí solo.
Me agaché a recoger del suelo las plumas que el canario había perdido en la refriega contra los barrotes. Al incorporarme sentí una punzada en el costado. A pesar del calor de la mañana un soplo de viento helado me puso la carne de gallina. Noté un sudor frío, saqué un pañuelo y me limpié la frente. En el espejo vi mi rostro pálido, descompuesto. Me senté a los pies de la cama, la cabeza entre las manos, con los ojos cerrados. La sien me latía fuerte, las venas gruesas; apreté con fuerza las yemas de los dedos sobre ellas. Abrí los ojos y estaba oscuro, el ambiente cargado, empalagoso, sentí nauseas, me tumbé hacia atrás pero la habitación daba vueltas, como en un barco.
El martilleo era cada vez más fuerte, las punzadas más agudas, la presión dentro de mi cabeza se hizo mayor. Encogí las piernas, giré a un lado, a otro, las manos sobre la frente, los dedos marcando fuerte la cuenca de los ojos, sin conseguir espantar el dolor.
Me levanté aturdido, acerqué de nuevo la cara al espejo y las vi. La imagen era turbia pero estaba seguro, sonreían igual, me miraban fijamente. Salté hacia atrás espantado, quise borrar su imagen frotándome los ojos pero no desaparecieron, estaban allí, me perforaban sus miradas. No podía ser, ellas se habían marchado hacía un rato, no estaban ya en la habitación, pero sí al otro lado del espejo. Mi reflejo en el cristal se fundía con las figuras de las dos mujeres, tiraban de mí, me sentí enajenado, falto de voluntad, rasgado en mi interior.
Las piernas me flaquearon y busqué apoyo en las cabezas de las arpías. Las piedras quemaban como brasas. Cuando retiré las manos de las estatuas las cabezas de las aves dejaron surcos profundos en las palmas. Alarmado levanté la vista, ¡no podía ser! Los muros de la habitación se movían, avanzaban hacia mí, me cercaban. Las paredes crecían de un lado, encogían por el contrario, se curvaban. Suelo y techo iban también acortando distancias al ritmo del entrechocar de las piezas de vidrio de la lámpara, ya casi a la altura de mi cabeza. Quise moverme y no pude, me sentía rígido, incapaz de reaccionar. Sentí un golpe en las corvas, las rodillas doblaron y caí de espaldas sobre la cama. Los muros se cerraban en torno a ella. El techo se volvió translúcido, dejando caer una lengua húmeda que rezumaba un néctar pegajoso.
Guiado por la luz del patio intenté huir por la cristalera, pero un golpe seco me tiró al suelo. Los tabiques segregaban una sustancia viscosa, seguían avanzando hacia mí. Del zócalo al techo pelos puntiagudos oscilaban amenazantes. Me subí de nuevo en la cama. Por cima de mi cruzaron el vuelo dos pajarracos. Eran ellas, las dos viejas, surgidas del espejo. Tenían sus mismas caras, botones dorados en sus pechos, en sus mandíbulas abiertas los mismos pelos que las paredes. Graznaban y se lanzaban en picado sobre mí. Me retorcía tendido en la cama como un insecto, sorteando los envites de las carroñeras. Arrojé mis zapatos contra ellas, sin mucho tino, y quedaron atrapados en las paredes pegajosas.
No había salida, hice todo lo posible por escapar de aquella jaula. Me lanzaba contra las paredes valiéndome del colchón, una y otra vez, en vano. Los muros se habían vuelto como de látex, elásticos, cimbreantes. Mi cuerpo pegado al colchón rebotaba en las paredes, caía al suelo, me volvía a lanzar y era escupido de nuevo por tierra. La pugna parecía estimular la secreción pringosa, cada vez en mayor cantidad las paredes filtraban de aquel zulo en el que se había convertido la habitación.
Cada vez más débil ante el intento por liberarme de aquel monstruo pegajoso. Cada embestida aminoraba mi empuje y consumía mis esperanzas de escapar de aquella trampa. Atrapado, exhausto, envuelto en aquel extraño pegamento, la casa fue minando mis fuerzas, le cedí mi voluntad y poco a poco se apoderó definitivamente de mí.
Me adormecí, entré en letargo, inmóvil, rodeado por completo del néctar untuoso, como un feto encerrado y oculto en una cápsula protectora.
A los nueve días llegó la eclosión, volví a nacer como Olalla había pronosticado. Cuando desperté ellas estaban ya esperando ante el espejo, las dos con falda negra plisada, chaqueta beige de paño, sendos botones de oro junto al corazón y amplia sonrisa. Ambas se fundían en una única silueta encorvada, dos troncos vencidos por el peso de cuellos incapaces de sostener las cabezas, gachas y con la nariz afilada apuntando al suelo. Deformados por la artrosis, veinte dedos descarnados me saludaban, y en la base de las dos figuras, dos pares de flacas piernas en constante desafío frente a la amenaza de desequilibrio que pendía sobre los cuerpos que sustentaban.
Al acercarme se hicieron cada una a un lado, giraron la cabeza hacia arriba, me miraron y señalaron la entrada con la mano, traspasé el cristal, se consumó el cambio y me volví parte de la casa, como las arpías de la chimenea francesa, como las dos hermanas de eterna sonrisa y silueta encorvada, la figura de un ermitaño esculpida en la pared.
Luis Cema
© LMCM Marzo/Abril 2008
Lo comentaremos más despacio, pero me acabas de quitar las ganas de mudarme este verano!
Comentario por manuel_h — Abril 16, 2008 @ 3:23 pm