La escupidera

Abril 16, 2008

ECOS DE CLAUSURA

Archivado en: Convento científico, Relatos — lmcm @ 11:02 pm
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La madre abadesa entró en la capilla del convento en una hora vespertina en la que dicho espacio recibía una cantidad exigua de luz. Ante la ausencia de energía lumínica en el espectro visible de sus hábitos, éstos no se distinguían de las sombras grises que se proyectaban por todo el área del paralelepípedo de base rectangular que definían los muros de la iglesia.

De todas las caras perpendiculares entre sí que delimitaban la superficie sacra, solamente la pared orientada al noroeste disponía de una ventana con orificios perforados que permitieran el paso de la luz crepuscular. Esta se proyectaba sobre la nave central formando unas manchas luminosas que se superponían una sobre la otra dando lugar a una serie de bandas brillantes separadas por otras oscuras. Los rayos lumínicos incidían con un ángulo de inclinación de 90 º sobre el volumen de madera tallado suspendido desde la bovedilla frontal. La figura de Cristo dispuesta en cruz con las extremidades superiores extendidas cada una hacia el lado opuesto y las inferiores en contacto y orientadas hacia abajo, trazaba un eje simétrico a ambos lados del presbiterio.

El haz de luz caía sobre el torso de la figura iluminando la incisión por arma blanca que iniciaba su recorrido desde la sexta costilla o del quinto espacio intercostal y proseguía con trayectoria curvilínea o en L. A la altura del borde inferior del trapecio de la imagen, la madre abadesa observó un extraño fluir de plasma. En una situación corriente este hecho hubiera sido interpretado como una salida de sangre fuera de su normal continente, el sistema cardiovascular, sin resultar un hecho de naturaleza extraordinaria. Pero dado que dicha manifestación se producía en una talla de madera, y por consecuencia sin vasos sanguíneos, el hecho conmocionó de tal modo a la monja que la llevó a emitir de forma inconsciente un sonido prolongado en un tono agudo y sostenido que provocó el conocido fenómeno relacionado con la reflexión del sonido, que hace que cuando la señal acústica original se ha extinguido, aún devuelva sonido en forma de onda reflejada.

Dicha onda sonora se reflejó perpendicularmente justamente en la pared tras la que se había parapetado la hermana Rosa cuando fue sorprendida por la entrada de la superiora. Apoyada en ella estaba con una escalera de tijera y un bote de pintura, cuando se produjo el eco. Su oído, hecho al silencio de la clausura, captó el sonido directo del grito y, después de los tiempos de persistencia oportunos, percibió también el sonido reflejado, lo que la aturdió sobremanera. Como consecuencia de ello inició un precipitado a la par que incontrolado movimiento giratorio irregular, que la llevó a caer decúbito supino.

La madre abadesa, alertada por el ruido, giró su cabeza y dirigió la vista hacia el lugar originario del mismo. Sus ojos procesaron entonces la luz y tomaron fotos mentales de las imágenes, de tal forma que fueron reveladas a su cerebro, que de forma clara percibió a la hermana Rosa en medio de un charco rojo de líquido espeso vertido de un bote grande de pintura que al caer la hermana se había volcado.

La incógnita de la hemorragia intercostal de la talla de madera, que aún sin tener capilares se había producido de forma extraordinaria, quedó despejada.

Luis Cema
© LMCM Marzo/Abril 2008

3 comentarios »

  1. mmm… interesante!
    Tienes verdadero talento.

    comentario por El espía — Abril 17, 2008 @ 10:01 pm

  2. Alucinante tu respeto a las condiciones del relato. Me encanta cómo incrustas las definiciones enteras (sobre todo la del eco… mola) y cómo desmilagrizas, desmilagrificador!
    Fantástico, jop!
    ;-)

    comentario por lahueca — Abril 19, 2008 @ 9:26 pm

  3. Muy bueno!!
    Me gusta mucho cómo has utilizado las normas del ejercicio para dar a todo el relato un tono humorístico, muy de acuerdo por otra parte con la anécdota que cuentas.
    Y lo del eco, como dice lahueca (será…!!), muy bien, pero ¿qué me dices del “precipitado a la par que incontrolado movimiento giratorio irregular”? Precioso!!

    Te decía el otro día que me había recordado a Martín Santos. Copio aquí un fragmento de “Tiempo de Silencio” casi cogido al azar:

    “Dentro de la celda, además del aire y del prisionero, de la cal con que
    están pintadas las paredes y de los dibujos que en ésta hayan podido ser
    hechos, no hay otra cosa que un lecho. Este lecho está construido de un
    modo sólido, a prueba del peso quizá excesivo con que un hipotético
    campeón de lucha grecorromana o tesorero estafador del «Club de los
    Gordos» pudiera abrumarlo algún día. La idea básica que ha presidido la
    fabricación de este lecho standard merece ser estudiada con detalle. Se
    ha llegado a conseguir un tipo de lecho que excluye la posibilidad de
    desvencijamiento e incluso los molestos crujidos que pudieran producir
    los desacordados movimientos del prisionero. Asimismo resulta
    totalmente imposible el alojamiento o cría de parásitos en sus
    intersticios. Su sólida construcción hace sumamente improbable que de
    él puedan obtenerse materiales arrojadizos u otros utilizables como
    ganzúa. Este lecho silencioso, indeformable, incombustible,
    intransportable, a prueba de fuego, a prueba de choque, a prueba de
    inundación, bajo el que persona alguna jamás podrá ocultarse, que
    nunca será arrojado alevosamente contra el guardián por preso mal
    intencionado está enteramente realizado en obra de mampostería
    rematada en capa de cemento amorosamente pulida por el maestro
    albañil de una vez por todas, con la precisión con que la camarera de un
    hotel de lujo alisa la colcha cada día. Así se ha conseguido armonizar las
    artes suntuarias con la arquitectura del modo más perfecto. Por un
    escrúpulo de humanidad y para dar todo el reposo tolerable a los
    miembros de los huéspedes, la almohada ha sido realizada en el extremo
    correspondiente del lecho asimismo en cemento, haciendo cuerpo con el
    resto del inmueble y de la altura aconsejada para un sueño
    perfectamente fisiológico: seis a ocho centímetros. Otras ventajas: la
    perfecta coaptación del lecho con las paredes y suelo de la celda hace
    inexistente esa rendija en que en reiteradas ocasiones se han introducido
    mensajes en cifra, biblias protestantes, fotografías pornográficas o
    cápsulas de cianuro. Y no sólo eso: la solidez, el cuerpo, la armadura del
    cemento prestan (una vez que deja de considerarse tal mole grisácea
    como lecho y se pasa a la no menos útil perspectiva de ver en ella un
    paisaje habitable o un accidente geográfico) sólido apoyo y campo de
    ejercicio a quien quiera ejecutar los diversos tipos de gimnasia que una
    celda de aislamiento permite al prisionero: ejercicios respiratorios, yoga,
    swing de golf con palo imaginario, ataques epileptiformes
    voluntariamente simulados, precipitación al abismo y subida de nuevo a
    la montaña. Sobre el lecho, en efecto puesto el preso en pie, un rotundo
    cambio en la perspectiva es conseguido. El aire de las regiones
    superiores es sin duda más puro, los dibujos de la pared son más
    escasos allá arriba, los pies del guardia son vistos a su paso tras el
    ventanillo y no sus robustos hombros, el suelo de la celda con restos
    quizá de miga de pan, quizá de grasa, quizá de colillas deletéreas queda
    a mayor distancia. La misma almohada se convierte en pequeña colina
    árida que huella Gulliver, al fin, en un mundo a la medida humana.”

    comentario por manuel_h — Abril 19, 2008 @ 11:22 pm


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